El cuerpo humano dispone de mecanismos que le permiten combatir enfermedades, reparar lesiones y recuperar el equilibrio después de situaciones de estrés. Sin embargo, ¿hasta qué punto podemos influir en estos procesos naturales y favorecer nuestra propia recuperación? La doctora Victoria Maizes, pionera de la medicina integrativa y con cuatro décadas de experiencia clínica, aborda esta cuestión en su último libro, Acelera tu recuperación (Alienta), en el que explora lo que denomina el “reflejo de recuperación rápida”: un conjunto de respuestas fisiológicas que el organismo pone en marcha para restablecer su equilibrio.
A partir de investigaciones científicas y de su experiencia médica, Maizes, directora del Andrew Weil Center for Integrative Medicine de la Universidad de Arizona, explica cómo factores como la alimentación, el descanso, la actividad física o la gestión del estrés pueden influir en la capacidad de recuperación. En conversación con La Vanguardia, la especialista analiza qué podemos hacer para ayudar al cuerpo a recuperarse mejor y hasta dónde llegan los límites de sus mecanismos naturales de curación.
Sí. Tenemos muchas más herramientas de las que imaginamos para mejorar nuestra salud y recuperarnos cuando enfermamos. El cuerpo dispone del reflejo de recuperación rápida, mecanismos biológicos que restablecen su equilibrio. Piensa en un resfriado: nuestro sistema inmunitario reconoce el virus y lo combate. O en una comida copiosa: liberamos enzimas y hormonas para digerirla. Incluso después de una operación, el organismo cicatriza y se adapta a una prótesis. Todo ocurre sin que tengamos que hacer un esfuerzo extraordinario. La cuestión es saber cómo podemos favorecer esos procesos.
Esa es la pregunta del millón. Influye la edad: los jóvenes suelen tener mayor capacidad de reparación celular. Un niño que se rompe un hueso acostumbra a recuperarse antes que una persona mayor. Pero también importa la alimentación. Muchos pacientes llegan a operaciones importantes sin suficientes proteínas, vitaminas o minerales, y eso dificulta la cicatrización. Además, enfermedades como la diabetes aumentan el riesgo de infecciones. La recuperación depende de numerosos factores y de las condiciones en las que se encuentra nuestro organismo.
Sí. Tenemos muchas más herramientas de las que imaginamos para mejorar nuestra salud y recuperarnos cuando enfermamos. El cuerpo dispone del reflejo de recuperación rápida, mecanismos biológicos que restablecen su equilibrio. Piensa en un resfriado: nuestro sistema inmunitario reconoce el virus y lo combate. O en una comida copiosa: liberamos enzimas y hormonas para digerirla. Incluso después de una operación, el organismo cicatriza y se adapta a una prótesis. Todo ocurre sin que tengamos que hacer un esfuerzo extraordinario. La cuestión es saber cómo podemos favorecer esos procesos.
Esa es la pregunta del millón. Influye la edad: los jóvenes suelen tener mayor capacidad de reparación celular. Un niño que se rompe un hueso acostumbra a recuperarse antes que una persona mayor. Pero también importa la alimentación. Muchos pacientes llegan a operaciones importantes sin suficientes proteínas, vitaminas o minerales, y eso dificulta la cicatrización. Además, enfermedades como la diabetes aumentan el riesgo de infecciones. La recuperación depende de numerosos factores y de las condiciones en las que se encuentra nuestro organismo.
Creo que sí. En Estados Unidos decimos que buscamos “una pastilla para cada enfermedad”. No estoy en contra de los fármacos: la medicina integrativa los utiliza cuando son necesarios. Lo que ocurre es que, si solo pensamos en el fármaco, podemos olvidar todo lo que el organismo es capaz de hacer y cómo podemos favorecerlo, porque a veces queremos suprimir una reacción sin entender su función.
Ante un esguince leve, el tobillo se hincha y se calienta: aumenta el flujo sanguíneo y llegan células que participan en la reparación. Hemos convertido la inflamación en una palabra negativa, pero hay que distinguir entre la inflamación crónica, que puede ser perjudicial, y la aguda, que cumple una función. Por eso no siempre conviene recurrir inmediatamente al ibuprofeno o al hielo. En ciertos casos puede ser preferible proteger y elevar la articulación. Hay que valorar cada lesión.
Cuando nos sentimos amenazados, liberamos hormonas como el cortisol y la adrenalina. El cuerpo se prepara para luchar o huir y modifica la circulación, lo que puede alterar procesos como la digestión. Si tenemos una herida, necesitamos que lleguen oxígeno, nutrientes y células para repararla. El estrés mantenido puede dificultar esos procesos. No es solo una teoría. Hay investigaciones que muestran que las personas sometidas a niveles elevados de estrés pueden tardar más en cicatrizar heridas o recuperarse de determinadas infecciones. Por eso es importante aprender a recuperar la calma, aunque no podamos eliminar el estrés de nuestras vidas.
A veces, al hablar de la conexión mente-cuerpo, alguien interpreta que decimos que la enfermedad está «solo en la cabeza». No es eso. La mente y el cuerpo forman un sistema integrado. Nuestra microbiota intestinal se relaciona con el sistema inmunitario y el nervioso. Además, algunas investigaciones indican que una alimentación saludable puede reducir el riesgo de depresión y contribuir a su tratamiento. Durante demasiado tiempo hemos separado lo físico de lo emocional, cuando ambos se comunican constantemente. Calmar el sistema nervioso también puede favorecer la recuperación.
Depende de cada persona. A menudo pensamos en la alimentación y el ejercicio, pero olvidamos el entorno. La contaminación atmosférica también afecta a nuestra salud; el humo de los incendios forestales, por ejemplo, contiene sustancias perjudiciales. Cuando la calidad del aire es mala, conviene limitar la actividad al aire libre. Podemos consultar los índices de calidad del aire en el teléfono y limitar la exposición en esos momentos. También podemos utilizar filtros HEPA en casa para mejorar el aire interior. Recomiendo, además, reducir exposiciones innecesarias, como las que se producen al calentar alimentos en recipientes de plástico en lugar de vidrio o cerámica.
Hay estudios que respaldan tanto las dietas principalmente vegetales como las bajas en hidratos de carbono para mejorar el control de la glucosa. También se investiga el ayuno intermitente, junto con la importancia de la actividad física y el estado nutricional. Estos hábitos no son incompatibles con los fármacos, como la metformina. La clave es combinar las herramientas disponibles y consultar con el equipo sanitario antes de modificar la dieta o la medicación.
Hace falta criterio. Si alguien siente un dolor opresivo intenso en el pecho, debe acudir a urgencias, no quedarse en casa esperando. Otras veces es menos evidente: una articulación que no mejora o una tos que dura mucho más de lo habitual merecen una consulta. Nuestra experiencia nos orienta. Si normalmente toses durante dos semanas después de un resfriado, conoces ese patrón; pero si esta vez son cuatro semanas, conviene investigarlo. Confiar en el organismo no significa ignorar las señales de alarma.
Que tenemos mucha más capacidad de recuperación de la que imaginamos. A veces nos dicen ante una enfermedad crónica: “No hay nada que puedas hacer; tendrás que vivir con ello”. Me gustaría que nos preguntáramos si realmente es así y qué opciones existen para mejorar. No siempre será posible revertir una enfermedad, pero merece la pena explorarlo. También quiero destacar la preparación antes de una cirugía: mejorar la nutrición, fortalecer los músculos y reducir la ansiedad puede ayudar a recuperarse mejor. La recuperación empieza antes de entrar en el quirófano.